lunes, 11 de mayo de 2015

Abre la puerta (aproximación al poema largo "Mujer embrión")

Por María Elena Solórzano



Plaquet con un poema de largo aliento dividido en varios cantos, con un rico vocabulario y con un trabajo artesanal de orfebrería, cada vocablo engarzado con la certeza del oficio. Musical e intenso. Los ejes paradigmáticos y sintagmáticos son trabajados para que sus puntos de coincidencia sean óptimos. La puntuación es sustituida por espacios y con el término del verso, este manejo le da ritmo y cadencia.

Me encantó leer este poemario, resiste varias lecturas, polisémico, tiene varias interpretaciones y se conectará a la psique del lector según las diferencias o experiencias individuales. Me produjo un gran goce estético con sus sorprendentes imágenes y audaces metáforas, cito:

...y el teñido velo no da paso a mil esquizofrenias...solo es dueña de la brillante oscuridad... Cuando en los insomnios nos rodean las sombras y brilla la poesía, la oscuridad se vuelve luminosa...en las telas se entreteje... me remite a las mujeres que gustan de bordar o tejer, con los hilos entreteje sus sueños y en la tela queda parte de su alma, quizá por eso los textiles artesanales nos subyugan.

Todo es circular y parece una cosa y es otra, porque a veces los sentidos nos engañan. El polvo acumulado ¿qué es? Sino la buena tierra que produce frutos. Los astronautas trajeron el polvo lunar como cosa de gran valor.

Y nos deja vislumbrar la vida en otros planetas, cito:
...sencilla réplica de tantos mundos ...y tantos soles.

La serpiente es ella (reminiscencias bíblicas) colmada de deseos carnales. ¿Qué podrá ser ella? La mujer con su imaginación puede ser: vuelo de pájaro, salpicar de agua. Pies para que los quiero si tengo alas para volar. (Frida Kahlo)

La mujer embrión que no ha terminado su desarrollo intelectual, se conforma con ser Eva, la que come y ofrece la manzana, pero ya la degustó y ahora sabe que es mortal, ha tomado conciencia, citó:

...nace Eva... y dona su sangre a un ritmo lunar para que en su vientre anide el cigoto, cito:
...en su sangre de barro.

Eva se mira desnuda de Gracia...s e siente vacía.

Ahora LIlith se mira sucia y se siente todo y nada y la inunda la desolación, aparece el llanto que la erosiona y la transforma en un grano de anís, en nada...

Y algunas veces esa Eva dará su carne y su sangre al nonato, morirá en el parto, trasmutará en una cihuateteo que acompañará al sol desde el mediodía hasta el ocaso.

Solo como madre es venerada, la otra sigue siendo impura al condescender a los requerimientos eróticos del macho. Y la mujer se conforma con su destino que ha sido delineado por la espada. Y la convierten en diosa, en hechicera, el animal más bello de cabellos largos e ideas cortas.

Pero ya no es la misma que complaciente adora a su compañero y su símbolo de hombría.

Cito:

...te llenas de frutos... Estos frutos no serán únicamente los hijos engendrados en sus entrañas, serán también los frutos formados y desarrollados en su mente, cito:

...para nutrirlos y amamantarlos con la savia cerebral de tus ideas.

Estrena alas para remontar cimas y descender a los abismos. Oh, qué profundos y bellos son...
Y reitera el papel de la mujer en el siglo XXI, cito:

...creadora de nuevos proyectos...de sólidas alianzas...creadora de la evolución.

Y como mujer del presente, cito:

,,,plena de sensibles arpas...totalidad de engranes...

Y permíteme afirmarlo: Adriana. Tú no eres mujer embrión, abandonaste ese estado, ahora eres cito:

Astral violeta...revientas en frondosos borbotones, brocado solar.

Así te ofreces en este maravilloso poemario, cito:

Caen las hojas, también madura la manzana.

Adriana, abre la puerta. La primavera ha comenzado.

Breve diálogo con la poesía de Adriana Tafoya


Por Hugo Garduño 


En un magnífico diseño que quizá alude al fuego, a lo candente, pero sobre todo a la esencia de la poesía de la autora, se nos presenta Diálogos con la maldad de un hombre bueno. Recopilación pequeña pero rigurosa de la obra de Adriana Tafoya; quizá como sólo muestra, un botón para adentrarse a esa particular estética, en esa visión de escenarios casi ocultos, algunos ignorados y casi o del todo tabú para muchos.

En la delicada efectividad de orfebrería y discurso del todo singulares. Atractivos por lo mismo; por llevar a terrenos que son poco o nada abordados en la poesía y en otras disciplinas artísticas, este breve poemario además de su calidad posee esa cualidad y característica: ser el proveniente de una voz completamente original. La selección de los poemas de Animales seniles, primer libro de Tafoya, abre como un punto culminante y rector de este pequeño resumen de obra, en tres exquisitos paseos por oscuridades de la sensualidad, el deseo salvaje y la escondida miseria de quién para poseer ya únicamente cuenta con dinero para comprar sexo; dando al final de este señalado poema la inversión de papeles entre el aparente victimario comprador, y la supuesta víctima a la que se le paga.

Después, aún para cualquier neófito en el juego de ajedrez, sin más y con una exactitud y contundencia exactas, el juego se plantea en todo lo que es en su reto y su dimensión al comenzarlo, sin que sobre o falte nada, para de ese muy buen golpe, retratarlo. Y de ahí pasa a un planteamiento en prosa poética aparentemente más complejo, siendo que en poesía, todo puede serlo, ya que al igual que en este segundo poema, en el primero, también se encuentra una metáfora con la vida; del modo como igual el arte lo exige en su discurso. Aún cuando Eludir, el segundo poema del que hablo, sea del todo y disfrutablemente evidente, la analogía con el juego y el devenir cotidiano y muchas de sus implicaciones.

Y se sigue el pequeño pero sustancioso itinerario con poemas de un libro más accesible, pero no por ello simple, donde de manera menos sutil se plasma la intrínseca violencia del ser humano; pues con una no tan evidente pero no ausente trabajada filigrana, Tafoya desmenuza, desde la consciente fragilidad de una víctima de homofobia, que a pesar de ello enfrenta convencido su ser y sus consecuencias; hasta el amputado que ansía la exquisitez del placer que le está vedado; a la autosuficiencia de una mujer obesa y morena, orgullosa de sus carnes, de carácter dominante y para muchos reprobó. Y termina con una pelea entre mujeres, algo así, como darle una lección a la necia. Y no por ello en ninguna línea está ausente la poesía en dichos poemas. 

Nota breve de Teresa Guarneros sobre Adriana Tafoya


Blasfema y portentosa se derrama en la página ADRIANA TAFOYA inconmensurable en su discurso patético y clamoroso de impiedad. Manipuladora; maga trabajando en el destilador alquímico del lenguaje. Odio redondo y feroz; brillo que deslumbra y arrebata. Purísima en las imágenes surgidas de su entraña. Desnudez sonora. Ampliación del léxico o novedad de planteamientos sintácticos; no propiamente cambios, más bien la ordenación de las palabras que arremeten contra límites; destructora de memorias pusilánimes. Fruta destiladora de sabrosos venenos: su palabra.

martes, 25 de noviembre de 2014

Un viaje a "Los rituales de la tristeza"


Por Reneé Acosta


Este poemario que nos ofrece en esta ocasión la poeta, ensayista, investigadora y editora Adriana Tafoya se nos presenta asombrosamente como un punto y aparte a la poesía contemporánea, que nos ha dado por llamar: la poesía genérica mexicana. Sin duda es una poesía alternativa, propositiva en tanto estética muy propia, muy única y por lo mismo una aportación a la poesía mexicana. La poesía de Adriana Tafoya es tan diferente a las tendencias prefabricadas y predigeridas de los parámetros de la poesía que se escribe en México y que en gran parte ha sido impuesta, sometida y  predictada por Octavio Paz hacia todos los talleres de literatura mexicana en toda la extensión del territorio. Claro que encontramos ciertas diferencias contundentes entre la poesía de Adriana en su contexto histórico literario: 1.- en primer lugar todo el estilo que desarrolla la autora, las palabras que elige, la compulsiva espontaneidad de su procedencia, no puede ser considerada dentro de la poesía recortada y sin licencias de la literatura nacional, 2.- la extensión de los versos, que no se dejan llevar por el ritmo de una medida métrica preestablecida ni por los metros tradicionales, ni por los metros modernos del verso libre; sino que por el contrario, se va marcando por su propia entonación, por el tono más que por el metro y 3.- en tercer lugar, los temas que aborda se vuelven hacia una estética cuya herencia se identifica con los poetas malditos, con los románticos pre simbolistas y con el simbolismo mismo, hablando de Rimbaud y de Lautremont. Aunque los temas puedan resultar escandalizantes, vistos desde la propia estética que propone la autora, todo se deja envolver de un leitmotiv: la tristeza, y aún más, la decadencia que la acompaña. Toda tristeza es un final en sí mismo, un cierre, un fúnebre letargo.

La poesía de Los rituales de la tristeza contiene una vibrante intuición de imágenes que laten vitales, en la más médula de las impresiones, altamente sígnicas, en símbolos imágenes intuitivas. A través de una dialéctica sígnica de soliloquios nacidos en la visceralidad del dolor, desde una pureza no tamizada, no filtrada por los parámetros de una poesía genérica o de tendencia popularizada; toma en cuenta las intuiciones vueltas imágenes, vueltas signo.

Arroja una pregunta y dice quién sabe hasta qué grado pueda uno entregar a un hijo. Adriana Tafoya habla con palabras con un sabor de alta poesía, de gran poesía. Lo suyo es bastante lejano de esa poesía promedio de escuela literaria, esa poesía genérica, artesanal, desproporcionada, filtrada por las imposturas. La poesía debe ser libre, expresión de libertad y para ello se requiere que la poesía sea honesta. 

Los poemas de Adriana Tafoya afloran una honestidad cuya tesitura se instala en las profundidades de la naturaleza humana. Se vuelve difícil identificar las influencias, porque no hay un corte ni un recorte prefijado, premasticado y predigerido, del cual provengan las palabras. Eso lo hace muy diferente a la poesía que colocan en los hashtags y los aparadores literarios contemporáneos. 

En El derrumbe de las Ofelias toca con figuras arquetípicas de la mujer, de los seres femeninos del agua, las lamias, las ofelias muertas, el eterno femenino, la mujer loba. Los títulos de los poemas aparecen como nombres de cuadros, como si fueran pinturas, esto también es significativo en tanto a lo que la autora quiere mostrar. Tanto así que dice en el poema “tintura donde nunca amanece”: 

Caballete junto al balcón
frente al flameante matiz de resolana
sobre la acuarela el pincel
alfombra
donde mis amigas sonríen
con cigarrillos
en las manos tertulias
tumbadas
al lento roce de los pezones
en las telas

y los amigos
al filo 
de los dientes
con la delgadez de la copa
del coñac
tintineando los dedos del pianista
en burbuja plástica
donde reposan bocas
con los colores de las fresas
y la música de Satie
el óleo y el viento es rojizo
tengo amantes
me gusta el sonrojo de los hombres
el rubor de sus mejillas
el mas amado es frágil
de ojos tan negros
tan apasionadamente fríos
por el dorso
le resbalaban aguas tibias
juntos
con el cuerpo onírico
en el tinte del vino
esperamos el amanecer 
que nunca llega
para abrir los ojos
y besar de nuevo el sol

Adriana explora temas fuertes como el sexo con ancianos, la muerte de los hijos, el sexo con desconocidos; conforme avanza el poemario es cada vez más y más una poética de la emergencia. Habla de la carne, de los insectos que se la comen. Habla descarnadamente del tema de la muerte como en el poema El desmoronamiento de la carne 

Igual que por la mañana 
un día
se esfumara la sortija del cielo
igual me iré
y conmigo la forma de las cosas

Hay un profundo aire de oscuridad en toda la extensión del libro. Inevitablemente las palabras se van volviendo más y más fuertes. Como una lamentación extensa se vierte el último poema Los rituales de la tristeza. La sangre, el sexo, la carne, el cuerpo desgarrado, el dolor en todos los aspectos, desde el dolor de la frustración y la búsqueda de una satisfacción. Todo el dolor de todas las cosas se pone de manifiesto. La putrefacción de la sangre, las imágenes de la carne en sus facetas brutales, porque aunque hable de la sexualidad, es brutal. 

Tal vez los rituales de la tristeza quieren mostrar justamente esto, todo este proceso de la carnalidad desde sus extremos en la exploración de las posibilidades más incómodas. Me recuerda en gran medida la estética Artaudeana del teatro de la crueldad y sus visiones del arte, la poesía, el teatro, desde la crueldad. Decía Antonin Artaud en el teatro y su doble, que el verdadero arte debía enfermar por contagio; el verdadero arte debía herir sacando a la superficie las zonas más incómodas, las más difíciles, las más delicadas e hirientes. Adriana Tafoya nos muestra una poesía que cumple con estas expectativas de la estética Artaudiana, porque además de la fluidez medular de sus imágenes, esa especie de intuición a flor de piel, ese sabor de espontaneidad que lo hace latir, que lo hace palpitar como un corazón en carne viva; el poemario se va hacia zonas de la conciencia tan orgánicas, que me hace recordar a la obra de Deleuzze y Guatari “El cuerpo sin órganos” que justamente habla de Artaud.

En cuanto a la realización del libro, sus aspectos técnicos, posee una belleza en las imágenes, en el balance de sus oposiciones, sus juegos de sintaxis, su fluidez general, que podría destacar como la balanza de equilibrio frente a lo tópico y lo delicado de esos juegos, donde realmente se realizan los rituales de la tristeza. 

viernes, 14 de febrero de 2014

Pero nunca más un hombre

Por José Manuel Ruiz Regil.


Adriana Tafoya, con la malicia –poética- que la caracteriza, plantea un poemario que anuncia ser un réquiem por la humanidad (Los rituales de la tristeza). Y juega con el lector en estos cantos –diez- (Los cantos de la ternura), que como las sephirot, pero a la inversa, descrean la vida manifestada en la tierra –al menos la humana-. La autora quiere distraernos con algo que pareciera anecdótico: el asesinato de un hijo. Y logra, por instantes, estremecer la buena conciencia del lector superficial que piensa en el infanticidio o el aborto. Sin embargo, la profundidad de la voz poética de Tafoya se enraiza mucho más allá del mundo carnal, aunque su asunto, paradójicamente, lo sea, en esencia. Es la voz de la diosa madre, dadora de vida, la esencia misma de las cosas que hace acto de contrición y se arrepiente de haber engendrado semejante vástago. Su desprecio macabro destila la ternura de quien reconoce que su obra está mejor en la basura; que es preferible eliminarla a atestiguar el desgobierno en que se encuentra. Y, sin más, con esa indiferencia amoral que tiene la naturaleza para crear o aniquilar lo vivo, “cicatriza la grieta del suelo donde florecen sus canarios”.
Rechaza, entonces, al hombre (particular y universal) que con su soberbia quiso enseñorearse de todo, mancillando lo bello y sutil. Y le destruyó en la cara su inocencia. Secularizó su vagina y lo dejó huérfano de esperanza. Sin embargo, la indiferencia declarada de la “madre de rostro negro”, ese “ser de cenizas” que “guarda sus ojos”, no desconoce el  dolor. Y lo desmorona en esa nada donde la forma no genera un nombre todavía, para nacer otros hijos en esa “isla de trigo”; pero nunca más un hombre.


jueves, 13 de febrero de 2014

Recado de Tomás Browne a propósito de "Los cantos de la ternura"

Este comentario abierto - al margen, sin pretensión de nada, sólo a modo de saludar a tu poesía por este nuevo año - al terminar tu libro cuyo final me ha llevado otra vez al comienzo de la ópera de la tempestad:


'Adriana, por la forma de tu poemario, Los Cantos de la Ternura, adivino que son también Monólogos para un Drama Lírico, para la catarsis de la mujer. La figura del niño es el transporte hacia la imagen del típico hombre convencional , del macho (que, a veces, como en el poema (3), se transforma en el típico amante de paso) el que es abandonado, rechazado, hasta que vuelve a la figura del niño mismo en el poema (8), pero para suspender los sentimientos y seguir adelante hasta recuperar la libertad en el poema (9) con la purificación de lo que el niño-hombre le ha significado, porque el héroe cambia su estado, vuelve arrepentido a un vacío inicial. Desde este vacío, la materia aparece como (0), con el primer verso Tengo que dejarte, por lo que hay nueve poemas en vez de diez. Me di vueltas en la numerología (incluso pasé por La Vida Nueva de Dante, donde el nueve es el número perfecto en relación con el amor), o pensé que cuando uno cuenta 9,8,7,6…, cuenta hasta 0, y hace sentido en cuanto el primer verso del último poema es Tengo que dejarte; pero en fin, aún es misterio no resuelto.
Lo que sí: descubro una secuencia, en parejas, con el primer verso de cada poema. Tengo que dejarte (0) y Me alejo de ti (4), marca una ruptura meditada; Te abandono y (1) Te rechazo (2), marca una ruptura inmediata; En verdad creías (5) y Te enseñe que no hay verdad (7), un distancia gnoseológica con respecto a este hombre-niño ingenuo; Hoy niñito sucio (6) e Igual que por la mañana (9), un sarcasmo del tiempo impío; Camino sobre el fuego (3) y La muerte de un hijo (8), Estas parejas son formas de recuperar lo perdido o ganar lo que no se tuvo; la mujer recobra la fuerza y vuelve al hombre un niño del cual no puede apiadarse para conseguir liberarse. Pues invertir la relación entre hombre y mujer no es suficiente (incluso en el dejar, abandonar, rechazar, etc) sino que debe haber un desahogo real pero también un buscarse a sí mismo en soledad para partir, irse. Así la ternura es siempre desde ella, hacia ella, que arranca a veces destellos de violencia, hacia otro, como en el poema (4): Me alejo de ti/ como quien se corta/ un brazo virulento… te hubiera arrancado/con un cuchillo/ de mis entrañas; y destellos de desafectos , como en el poema (5): Ni te amo hijo ni te odio/esto lo hago indiferente; y destellos de desprendimiento, como en el poema (6): Otros amados nacerán/pero hombres/ya no; todos destellos necesarios para que la ternura sea la forma en que la catarsis sea efectiva y recobrar la libertad, la autonomía: Resucitaré /en el minúsculo corazón/ de un pájaro/ en el mundo de mi otro sueño, dice el poema (9) que al final dice: Quizás estés ahí/y hermoso sea/ que no te llames hombre… , que es la recuperación de lo renunciado bajo otra forma, ¿la del vacío?, que me trae a la cabeza los finales de las tragedias griegas, donde el héroe reconoce su error o le dan muerte los dioses, todo desde la boca de Adriana que es la boca del ritmo, por eso mi ingenua lectura pero que intenta ser lo más fiel a lo que la poeta dice, es que Los cantos de la Ternura, además de poemas sueltos, son también a mis ojos Monólogos para un drama lírico.
***
Me recordó, Cuando amas debes partir, de Blaise Cendrars : Cuando amas debes partir, deja a tu mujer, deja a tu hijo, cuando amas debes partir, deja a tu amante… ( es lo que recuerdo del poema) y El quinto Hijo de Doris Lessing, el hijo, el niño en esa novela puede ser visto como la representación del machismo desde la maternidad, un niño horrible. Si no lo has leído…Bueno es un libro muy fuerte.

martes, 11 de febrero de 2014

Ha nacido un niño: de la irónica ternura a la tierna ironía



Por Carlos Santibáñez Adonegui

Adriana Tafoya, Los cantos de la ternura, Ed. VersodestierrO poesía para evolucionarte y ser, (Col. Poesía sin Permiso), fotografía y diseño de portada: Andrés Cardo, versodestierro@gmail.com, México, marzo 2013. Reseña por: Carlos Santibáñez Andonegui.


El dar a entender lo contrario de lo que se expresa, es ironía. Cuando la voz de la poeta afirma en la obra que nos ocupa: “Ni te amo hijo ni te odio,/ esto lo hago indiferente/ y morirás antes que la flor/ termine de brotar”, hay ironía, porque en una mujer que deja morir a su hijo o lo mata, no puede haber indiferencia. Hay ironía en el hecho de que tengamos que buscar los elementos mitológicos previos de que esa mujer probablemente sea una diosa o un ser del inframundo que trata de asemejarse a ella. En la mitología, es Hera la esposa de Zeus, quien intenta matar al niño que Zeus su marido, ha engendrado con otra, (sea Semele o Perséfone dependiendo la versión) fuera de matrimonio. La ironía está en que la referencia mitológica se disimula en este poema, al punto de insinuarse apenas al mencionar que el feto al que se trata de asesinar es hijo de Bacchus, nombre que hace factible invocar a Baco, el dios del vino, el que libera a uno de su ser normal mediante la locura, y a partir de ahí, reconstruir que el niño era hijo del hijo odiado, asesinado, resucitado en tanto fruto de los amores de Zeus, padre de los dioses, con una “no tan diosa”, como Perséfone o Semele, y la ira de la esposa de Zeus, Hera, diosa de diosas lo perseguía para matarlo pero de alguna forma el niño era salvado en parte, sea trasplantado al muslo del padre o mediante la treta de salvar su corazón, única parte del cuerpo que los rayos no habían destruido, de donde el dios de dioses lo rescataba para volverlo a plantar en la matriz de la madre, o dárselo a comer, haciendo al niño nacer así dos veces. Es así en la mitología, pero en este poema tendríamos que adelantarnos a saber esto, para entender que es la diosa de diosas quien advierte al hijo de Baco: “Irónico será verte/ jugando al tigre/ con un mechón/ de mi melena”. A lo mejor llegado a este punto ya pudiéramos empezar a decirle a Adriana Tafoya: “Elemental mi querido Watson”.

Se ha sugerido que los ritos dionisíacos pudieron jugar alguna influencia en el ritual cristiano de comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo. Es irónico que se pueda emprender la lectura de este poema sin referentes que apuntalen suficientemente esta otra lectura. Por aquello que alguien dijo alguna vez: con la ironía no se juega. Pero eso también es irónico. De la ironía no puede zafarse la poesía en general, pero tampoco se vale abusar de ella. Si su sentido era tan hondo como proyectar el destino del hijo del odiado como aquel que no es Amo, ni del verbo amar, se deben dar más pistas. Una de ellas: la ironía. El mundo no podrá durar otro milenio según han empezado a demostrar ecologistas, pero ni eso podrá cambiar definiciones de anteriores milenios que más vale prepararse a admitir tal como están. Por ejemplo el amor hacia un feto que se anima a venir a la vida, que nada tiene que ver con estos versos de la autora en la obra que nos ocupa: “No pondrás un solo pie/ en los jardines,/ estúpido retoño”. Porque pasando al plano social, el aborto, cuando es necesario o de carácter legal, según lo instruyan las diversas legislaciones en cada lugar, no se produce nunca con el deseo en sí de matar al feto, de matarle de mala fe, sino se admite como un “menos mal”. Por eso, calificaría de excesivamente arriesgada la postura poética de Adriana Tafoya en su opúsculo: Los cantos de la ternura. Desafiar el sentido elemental de amor al recién construido es algo que yo nunca hubiera hecho. Hacerlo, o seguir estimando a la persona que lo hace, requiere una justificación teórica del tipo de justificaciones que puedan recaer a la escena de El extranjero de Albert Camus, en que al protagonista no le causa ningún sentimiento aparente la muerte de su madre, como acabo yo de hacerlo con traer a cuento los ritos dionisíacos misteriosamente filtrados al ritual cristiano. Los misterios dionisíacos son tan importantes que una teoría, el dionisismo, rastrea en ellos las raíces del arte literario y la tragedia. En tiempos más recientes Bultmann y otros opinaron que la teofanía dionisíaca estaba transferida a Jesús. Se sabe que el milagro de la transformación del agua en vino ya estaba antes de Cristo aunque de otro modo. Se suponía realizado indirectamente en unos recipientes dejados en reposo al alto vacío por sacerdotes adoradores de Dionisio. Lo cierto es que los palestinos ya estaban familiarizados con la transformación del agua en vino como milagro antes de que lo actualizara el evangelio; a casos como éste la teosofía judeocristiana aplica el nombre de “causas primeras”, sin que por ello pierdan un ápice de su valor, al contrario, esto les aumenta el misterio. Tampoco es aplicable a estos casos el apotegma byroniano retomado en Rosario Castellanos y que estaba también en Baudelaire y antiguos clásicos, de que “matamos lo que amamos, lo demás no ha estado vivo nunca”. Eso es otra cosa: eso es que creemos amar a alguien y sin querer le estamos poniendo “la inicial de fuego”, la dolorosa marca de nuestro amor. Es trágico y ya. Ni modo de no amar a nadie. Tampoco estamos ante otro de los flancos más sabrosos de la ironía: la irreverencia. Qué va. Estamos ante la ironía lindante con lo canalla. Dionisio, o Baco, hijo de Zeus, raíz de la vida indestructible se ha etiquetado como deidad de vida, muerte y resurrección. Su hijo debió ser la versión corregida y aumentada. (En ese tenor la mitología habla de Acis, un príncipe siciliano). Al faltar elementos o ser sólo rastreables por especialistas, debemos situar el alcance de la ironía de Adriana Tafoya en el valor de trascender el acto de parir por parir, sin reparar en consecuencias, sin obligarse al compromiso por amor, de educarle, orientarle, sacarle adelante o, como se dice, no darle la caña sino “enseñarlo a pescar”. Cuánta irónica ternura se desprende en estas fechas, de los Nacimientos, y cuán lejos se está de comprender la tierna ironía de nacer. Se cae en la simpleza de parir y ahogar el compromiso en celebración momentánea, y en el hombre suele ser aún más cobarde porque, en muchos casos olvida de que hizo un hijo o una hija y llega a abandonarle a su suerte, y eso sí: él es hombre ¿eh?, puedeproclamarse hombre y que se lo celebren en todos los foros. Y decretar oficialmente que eso es un hombre en no sé cuántos países, en no sé cuántos idiomas, y se prohíbe pensar que vaya a ser de otro modo. Que encarcelen a quien no piense como él. El hombre machista, traidor hasta con él mismo, reafirmado en más de setenta países que proclaman su rechazo a otras formas de sexualidad, pero de eso, qué poco se sabe, qué poco se habla, y cuánto se calla. Pues bien, esto es lo que yo resalto en la lectura del poema, convertido en breve libro, por Adriana Tafoya, publicado en la fina colección “Poesía sin Permiso”, de su editorial Verso Destierro. Pero que en realidad es parte del poemario inédito Los rituales de la tristeza y que en tanto obra de arte difícilmente pudo haber sido hecho con la sola intención de “gustar”. Su propuesta vale por un arte que no nace para gustar, como el feto de esta historia poética, sino para mover y remover estructuras. El verdadero valor humano en el hecho de parir, se ha perdido en tantos casos, al no asumir el compromiso de que HA NACIDO UN NIÑO, lo que tanto se dice de dientes para fuera en estos días de Nochebuena, y concretarse a parir en forma autómata, lo que ha llegado a ser más común de lo que parece, y es tan cruel, tan crudo, que es posible requiriera una metáfora igualmente sucia y cruel como la que emplea la autora, de odiarlo de plano, irse al otro extremo y propiciar incluso su exterminio o desaparición. Sólo por esa intención de destruir para construir, de señalar lo peor para propiciar lo mejor, acepto el traslado de la “voz” o la “mirada” autoral hacia la infamia, y la distancia respecto a un manuscrito anteriorque este poema exige como una petición de principio, ¿letanías satánicas?, investigación documental medievalista en causas instruidas por herejías y confesiones inquisitoriales para quema de brujas como: “Apagaré la luz/ para que no me encuentres”, que jamás podrán ser inspirados por Dios, sino precisamente, por quien ha reconocido la Iglesia Católica también en recientes modificaciones a su Santa Misa, no es, no puede ser objeto de aquella sangre preciosa que fue derramada para el perdón de los pecados. Por eso ya no se dice que la Preciosa fue derramada por nosotros “y por TODOS los hombres (y mujeres) para el perdón de los pecados, sino solamente por MUCHOS”.

El resplandor no siempre viene de la luz, a veces nos acerca a la peligrosa “luz bella”, que es “luzbel” (el diablo), así cuando la madre asesina profiere: “No debí radiar/ y obsequiarte el colibrí dorado.// No debí radiar/ y concederte la palabra”, así sea luz y sea bella, no es más que luz bella: Luzbel. La luz bella enreda al poeta, es una trampa. En ella cae la mujer cuando asume en forma destructiva su superioridad ante el hombre.  “No te engañes, no soy virgen/ los hombres no me son ajenos./ Tú eres niño/ es ese tu lugar/ en el que derramo mis gorjeos/ y donde con violencia/ se aprietan las flores”.
No es tan cierto. Siempre se ha sostenido la creencia –y no se ha podido derogar- de que detrás de un gran hombre, hay una gran mujer, en el fondo no tan pasiva como parece, y la convicción, que cualquiera puede constatar, de que muchísimos hombres dan a las mujeres algo material a cambio de su amor, por más que a muchas les urja darse por robadas. Hay de todo, pero en la balanza vemos que el hombre tiende a dar algo a quien desea o ama. Y no a quedarse con todo o gastárselo en copas y farras. La vida no es mitología. No es la mujer la víctima y el  hombre el victimario o viceversa.
Y es que la definición de la ironía, va más allá del “canon”. Hay cosas que queremos englobar bajo la palabra “canon” y prenderles fuego como a los regalos de un novio traicionero. Pero la verdad es que ni siquiera se inmutan con nuestra ceremonia rosa de prenderles fuego en el jardín. La ironía es una de ellas. Dar a entender lo contrario de lo que se expresa o de lo que es, es tan antiguo como la poesía misma; podrá ser manejado de muchas maneras y a virtud de ello defender que ha dejado de ser figura retórica en tanto no se adscribe a un solo verso o unidad reconocible dentro del texto, sino se expande como por prodigio, y esto desde luego es un logro, porque hace avanzar la ironía impregnando a todo el texto, pero no significa que ya no sea ironía.
La obra que nos ocupa, utiliza la ironía en tanto expresa puntos de vista que parecen incongruentes o tienen una intención que va más allá del significado simple o evidente de las palabras o acciones: lo criminal repugna a la naturaleza humana y se vuelve punible en el momento de hacer daño a quien se aventura en el riesgo de vivir, como lo hicimos todos alguna vez para estar aquí, aun cuando seamos sus autores aparentes porque la naturaleza nos usa en calidad de instrumento de su creación; no somos omnipotentes, respondemos a un plan. Si hay propuestas antipoéticas e inhumanas, son lanzadas aquí a partir de una plataforma irónica que se construye con antelación: “No consideré que mataras mujeres,/ no anticipé que sangrarías/ a tu hermana/ nunca medí que tomaras/ al mundo/ al universo/ como una propiedad”.

Pero ni la poesía, ni la mitología, ni nada justifica el que una mujer quiera matar al fruto que trae dentro de sí; que lo planteen estos cantos, lo acepto como visión irónica a la que se antepone el epígrafe de Balzac “El amor odia todo lo que no es amor”, pero a ese epígrafe opongo este otro también de Balzac: “Ninguna mirada me ha servido para iluminar este mundo”,  y en completa ironía, concluyo: Y mucho menos ésta.